La esquina del viento(De Camino)

De Camino
CARRETERA NACIONAL, BUEN TIEMPO Y TODO UN FIN DE SEMANA POR DELANTE. MIRO POR EL RETROVISOR Y VEO A MI COLEGA DAVID, EMBUTIDO EN SU ROJA CAZADORA (RÉPLICA EDI LAUSON) QUE COMPRAMOS JUNTOS EN ANDORRA CUANDO AÚN NO NOS SALÍAN PELOS EN LA BARBA Y TODOS PESÁBAMOS UNOS QUINCE KILOS MENOS. EL MUY CABRÓN NO DEJA DE HACERME SEÑAS CON LA MANO. YA SABES ESA TÍPICA SEÑAL DE “¿SÉ PUE’ SABER CUÁNDO COÑO VAMOS A PARAR PA’ FUMAR UN CIGARRITO?” “TRANQUILO QUILLO…” “NI TRANQUILO, NI HOSTIAS, QUE HACE CUARENTA KILÓMETROS QUE TENGO EL GAZNATE SECO”.

Se impone parada de emergencia, afortunadamente, tras un par de curvas aparece un cartelito: estación de servicio. La VFR de mi socio pasa como un puto relámpago por mi izquierda con el intermitente derecho encendido en un inequívoco signo de que no está dispuesto a hacer ni un solo metro más sin remojarse la panza con un zumo de cebada. Es una de esas estaciones de servicio nuevas en las que tú mismo te pones la sopa que más te interese y después te acercas al fulano de la ventanita para abonar la multa, lo cual resulta la mar de práctico. Sobre todo para el dueño de la gasolinera que se ha ahorrado un par de sueldos, pero hay que ser positivo, seguro que no lo ha hecho con la intención de enriquecerse, sino para poner el carburante un poco mas barato. Una vez pagado el combustible, toca encender el cigarrito y dar una vuelta curioseando. ¡Joder que cantidad de gilipolladas! Todo queda perfectamente dispuesto, como en un hipermercado. Aquí la prensa, allí los pañuelos de papel, compresas, peines, cepillos de dientes, etc. Mas allá las herramientas: un juego de llaves allen, par de fusibles por quinientas pelas, los ambientadores y muchas bayetas. En el mostrador, junto a la caja, las cosas para entretenerse: chicles, condones y tabaco. Absolutamente todo envuelto en plástico transparente, todo frío e inútil. Incluso la comida, algunos sandwich de huevo duro y no sé qué mierda que puedes meter en un microondas que hay cerca.
— Vámonos de aquí tío.
— ¿Se puede saber qué mosca te ha picado?
— No pasa nada socio, pero vámonos, vamos a un bar de carretera. A uno de esos que tienen un letrero en la puerta que dice “Venta El Frondosillo” o algo así y debajo pone “Venta de quesos, comida casera, camas, venta de hielo, recuerdos de Zamora, artesanía popular, etc.” Vamos, a uno de esos en los que al entrar huele a bocadillo de calamares. Uno de esos que tienen expositores de casettes con los grandes éxitos de Rafael Farina, la colección completa de Diango, de esos que tienen junto al muestrario de navajas de Albacete un expositor de llaveros con calaveras que se mueven, fetos en un bote con líquido, junto a las medallas del Rocío y los llaveros del Depor. Vamos a uno de los que tienen un mostrador sucio atendido por un camarero grasiento y lleno vitrinas de cristal con pegatinas medio arrancadas y amarillentas, repletas de pinchos de tortilla, chistorras picantes y ensaladilla rusa con aspecto de haberla traído andando desde Rusia. Quiero una caña mientras miro las fotos del dueño del bar dándose la mano con El Cordobés que un día que comió allí, las de la boda de una señora, que no sé quien es, pero tuvo el coraje de celebrarla en ese sitio, y las de tres camioneros barrigudos delante de sus Pegaso Troner aparcados en la puerta.
¡Joder un bar de carretera hostia! Tampoco estoy pidiendo una gran cosa. Quiero entretenerme mientras estoy en el servicio leyendo la puerta, ya sabes eso de «Aquí cagó uno de Salamanca» o lo de «Mea contento pero mea dentro». O aquello otro de «si quieres follar gratis llama al 977-8888888» (que seguro que es el teléfono de la mujer de su jefe). Un bar de esos que tienen las estanterías rellenas de botellas de anís, coñac y la botella de resoli con la forma de las casas colgantes de Cuenca, amarillenta del tiempo que lleva sin moverse de su sitio. Joder un bar coño, un bar.
— Desde luego, cada día estás mas raro, pero bueno… vámonos.
No hemos hecho ni siete kilómetros y entramos en “Casa Palitos”, donde nada más atravesar la puerta que tiene una cortinilla de tiras de plástico que llegan hasta el suelo, la gorda camarera nos dice “ajonde vais con las amotos, deluego questais locos, ¿sos hago un bocaillo de mejillones?.” Coño esto es otra cosa, ves tú, aquí me siento como en casa. ¡Qué le vamos a hacer!, a cada uno le gusta lo que le gusta.

Por Mateo

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