La esquina del viento (Lo mejor de lo mejor)

Lo mejor de lo mejor
Otra vez de vuelta a casa. Se está haciendo de noche y mañana hay que currar. La máquina me ha dado algún pequeño problema, pero ahora parece que todo va bien. El aire me entra de lado, está empezando a llover y la verdad es que estoy bastante cansado. Me quedan más de trescientos kilómetros y odio esta aburrida autovía que habré atravesado mil veces. Cualquiera podría pensar “¡Joder que coñazo!”. Pero la sonrisa que esconde mi casco dice lo contrario. Yo sé que esto es algo que sólo nosotros, los que de verdad vivimos este mundo, podemos comprender.
Pero ¿Qué es de verdad lo que nos hace sentir tan bien cuando estamos sobre sus lomos? No tengo ninguna duda, conozco la respuesta. O al menos MI RESPUESTA… Aire en la cara, buenas vibraciones, fiesta y copas. Todo cojonudo.
Pero no es lo más grande. Olor a cuero, grasa en las manos, y cromados relucientes. El asombro de los niños y la envidia de todos los que se aburren en un atasco. Pero tampoco es esto lo mejor. Un vistazo rápido al retrovisor y compruebo que estamos todos, “El Persianas” se ha quedado un poco atrás, pero no hay problema. Doce pequeñas luces en fila india y un amigo forrado de cuero sobre cada una de ellas. Eso sí es grande. Cuatro o cinco metros nos separan físicamente, pero todos sabemos que estamos juntos. Que el de atrás está ahí, y que ante el más mínimo problema, sobrarán manos para ayudar. Miles de kilómetros compartidos nos han hecho buenos colegas, y hoy no necesitaríamos la moto para seguir siéndolo, pero no puedo olvidar que fueron las dos ruedas las que nos unieron.
Hace un par de horas que salimos y recuerdo perfectamente a “El Demonio”, con toda su familia, despidiéndonos: “Id con cuidado, llamad cuando lleguéis y sobre todo, volved pronto.” ¡Qué gente más de puta madre! Ponen a tu disposición su casa, su comida y todo cuanto tienen. Pero lo más importante es que fue la moto la que un día nos juntó en algún bar de carretera y fue la moto la que ha forjado esta gran amistad.
Son esas dos ruedas las que nos permiten conocer gente por todas partes, encontrar un verdadero amigo-motero en cualquier pequeño pueblo o gran ciudad que pisamos. Las que hacen que al llegar a Cádiz, Valladolid, Valencia, Huesca o a casi cualquier sitio haya un colega esperando para tomar una birra bien fría y con quién compartir la aventura de tu último viaje. Es la moto la que les ha hecho pasar por mi ciudad y darme la oportunidad de conocerlos, gente cojonuda a la que, si no hubiese sido por la pasión que sentimos por estos jodidos hierros, nunca hubiese conocido. ESA ES MI RESPUESTA, y no me cabe ninguna duda de que eso es lo más grande de nuestro mundillo. Esto no quiere decir que todo el que vaya en moto sea así.
Noto un pequeño golpe en la parte trasera de mi casco y “Ya estamos como siempre”: mi chica se ha vuelto a dormir en marcha. Pero no pasa nada. Hasta dormida es un buen paquete. José Mari se pone a mi altura sacándome de mis cavilaciones y me hace una seña que conozco perfectamente. Su depósito está casi vacío y un carajillo tampoco vendría mal. Esto sí que es grande, esto si que es lo mejor de lo mejor.
MATEO

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